Poder
de la fe
1. Y cuando llegó donde
estaba la gente, vino a El un hombre, e hincadas las rodillas delante de El, le
dijo: Señor, apiádate de mi hijo, que es lunático y padece mucho: pues muchas
veces cae en el fuego, y muchas en el agua. - Y lo he presentado a tus
discípulos y no le han podido sanar. - Y respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh
generación incrédula y depravada! ¿hasta cuando estaré con vosotros? ¿Hasta
cuándo os sufriré? Traédmelo acá. - Y Jesús lo increpó, y salió de él el
demonio, y desde aquella hora fué sano el mozo. - Entonces se llegaron a Jesús
los discípulos aparte y le dijeron: ¿Por qué nosotros no le pudimos lanzar? -
Jesús les dijo: Por vuestra poca fe. Porque en verdad os digo, que si tuviéreis
fe cuanto un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá y se
pasará; y nada os será imposible. (San Mateo, cap. XVII, v. de 14 a 19.)
2.
En el sentido propio, es cierto que la confianza en nuestras propias fuerzas
nos hace capaces de ejecutar cosas materiales que no se pueden hacer cuando
dudamos de nosotros mismos, pero aquí es menester entender estas palabras sólo
en el sentido moral. Las montañas que levantan la fe, son las dificultades, las
resistencias, en una palabra, la mala voluntad que hay entre los hombres, aun
en el momento en que se trata de las cosas mejores; las preocupaciones de la
rutina, el interés material, el egoísmo, el ciego fana tismo y las pasiones
orgullosas, son otras tantas montañas que interceptan el camino de cualquiera
que tra baja para el progreso de la humanidad. La fe robusta de la
perseverancia, la energía y los recursos que hacen vencer los obstáculos, tanto
en las cosas pequeñas como en las grandes; la que vacila de la incertidumbre y
la perplejidad, de la cual se aprovechan aquellos a quienes se quiere combatir;
no busca los medios de vencer porque creen no poder vencer.
3.
En otra acepción se llama fe a la confianza que se tiene en el cumplimiento de
una cosa, la certeza de alcanzar un objeto; da una especie de lucidez, que hace
ver en el pensamiento el término hacia el cual uno se dirige y los medios de
llegar a él por manera que aquel que la posee marcha, por decirlo así, con
seguridad. En ambos casos puede hacer alcanzar grandes cosas. La fe sincera y
verdadera es siempre serena; da la paciencia que sabe esperar, porque teniendo
su punto de apoyo en la inteligencia y en la comprensión de las cosas, está cierta
de llegar al fin; la fe dudosa siente su propia debilidad; cuando está
estimulada por el interés, se vuelve furibunda, y cree suplir la fuerza por la
violencia. La calma en la lucha es siempre una señal de fuerza y de confianza;
la violencia, por el contrario, es una prueba de debilidad y duda de sí mismo.
4.
Guardaos de confundir la fe con la presunción. La verdadera fe se aviene con la
humildad; el que la posee pone su confianza en Dios más que en sí mismo, porque
sabe que, simple instrumento de la voluntad de Dios, nada puede sin El, y por
esto los buenos Espíritus vienen en su ayuda. La presunción más bien es orgullo
que fe, y el orgullo es siempre castigado, más o menos tarde, por los
desengaños y las desgracias que sufre.
5.
El poder de la fe recibe una aplicación directa y especial en la acción
magnética; por ella el hombre obra sobre el flúido, agente universal; modifica
sus cualidades y le da una impulsión, por decirlo así, irresistible. Por esto
el que tiene una gran fuerza fluídica normal, unida a una fe ardiente, puede,
por la sola voluntad dirigida al bien, operat esos fenómenos extraños de
curaciones y otros que en otro tiempo pasaban por prodigios y, sin embargo,
sólo son consecuencia de una ley natural. Tal es el motivo porque Jesús dijo a sus
apóstoles: si no habéis curado, es porque no teníais fe.
Extraído del libro “El evangelio según el espiritismo”
Allan Kardec
Allan Kardec
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