Los falsos profetas de la erraticidad
10. Los falsos profetas no están solos entre los
encarnados; están también, en mucho mayor número, entre los espíritus
orgullosos que, bajo apariencias de amor y de caridad, siembran la desunión y
retrasan la obra emancipadora de la humanidad emitiendo a diestro y a siniestro
sus sistemas absurdos que hacen aceptar por los médiums; y para mejor fascinar
a aquellos que quieren engañar y para dar más peso a sus teorías, se apropian
sin escrúpulo nombres que sólo con respeto pronuncian los hombres. Ellos son
los que siembran los principios de antagonismos en los grupos, que les inducen
a aislarse los unos de los otros y a mirarse con mal ojo. Esto basta para
descubrirlos, porque obrando de este modo ellos mismos dan el más formal mentís
a lo que pretenden ser. Los hombres, pues, que caen en un lazo tan grosero, son
ciegos. Pero hay otros medios de conocerles. Los Espíritus del orden al cual
dicen pertenecer deben ser no sólo muy buenos, si que también eminentemente
lógicos y racionales. ¡Pues bien! Pasad sus sistemas por el tamiz de la razón y
del buen sentido, y veréis lo que quedará de ellos. Convenid, pues, conmigo,
que todas las veces que un espíritu indica como remedio a los males de la
humanidad o como medios de llegar a su transformación cosas utópicas e
impracticables, medidas pueriles y ridículas, cuando formula un sistema que se
contradice con las más vulgares nociones de la ciencia, no puede ser sino un
espíritu ignorante y mentiroso. Por otra parte, creed bien que si la verdad no
es siempre apreciada por los individuos, lo es por el buen sentido de las
masas, y esto es también un criterio. Si dos principios se contradicen,
tendréis el peso de su valor intrínseco buscando al que tenga más eco y
simpatía: "sería ilógico", en efecto, "admitir que una doctrina
que viese disminuir el número de sus partidarios, fuese más verdadera que la
que los viese aumentar" Dios, queriendo que la verdad llegue para todos,
no la concreta a un círculo estrecho y limitado; la hace brotar de diferentes
puntos con el fin de que por todas partes la luz esté al lado de las tinieblas.
Extraído del libro “El evangelio según el espiritismo”
Allan Kardec
Allan Kardec
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